¿Fueron exageradas las expectativas que despertó la Inteligencia Artificial? ¿Empieza a experimentarse decepción?

La Inteligencia artificial: ¿una burbuja a punto de desvanecerse?

El enorme entusiasmo que generaron durante varios años las promesas de logros de la Inteligencia Artificial se retrasan y vienen perdiendo fuerza. Crecen las suspicacias. ¿Qué hay de cierto en esas maravillas esperadas?
miércoles 14 de enero de 2026

 

Llamamos burbuja a aquello que promete perfección y, tan pronto como llega, desaparece sin dejar nada.

La “burbuja” de la inteligencia artificial (IA) ya empezó a mostrar signos de decepción en el corto plazo. Mientras algunas empresas han invertido en desarrollar sus propias soluciones y otras han optado por adquirir tecnología genérica, la realidad es contundente: nadie parece haber logrado aún lo que anunciaban los gurúes con tono profético y promesas de transformación inmediata.

En primer término, quizá lo que estamos viendo no sea el fracaso de la tecnología, sino el síntoma de una enfermedad emocional que —paradójicamente— la propia IA especializada ya intenta atender: la ansiedad.

La burbuja de IA: ¿decepción tecnológica o impaciencia humana?

La narrativa dominante sobre la inteligencia artificial se construyó como un relato de aceleración infinita: más eficiencia, más productividad, más automatización, más resultados. Pero cuando el impacto no llega con la velocidad esperada, el entusiasmo se vuelve sospecha y la expectativa se transforma en desencanto.

¿Es realmente una burbuja de IA… o es que esperamos milagros con plazos de calendario?

 

Inteligencia artificial y evolución humana: un cambio sin antecedentes

En términos históricos, esta perspectiva exige una pausa. Porque estamos frente a un hito en la evolución humana que no tiene precedentes. El ser humano nunca fue el más fuerte, ni el más veloz, ni el más versátil de los seres vivos. Pero hasta ahora sí ha sido el más dificil de superar en inteligencia.

Y hoy, por primera vez, aparece una tecnología capaz de alterar esa ecuación.

La inteligencia artificial promete algo que ninguna herramienta anterior pudo ofrecer: multiplicar la inteligencia humana. No solo por su acceso a información, sino por su capacidad de operar con los mismos procesos de intelección que usamos para razonar, decidir, clasificar, aprender y resolver problemas.

La IA no tiene únicamente “todos los libros”. También parece acercarse a algo más inquietante: todos los mapas mentales posibles, más la memoria acumulada de la humanidad.

En palabras del científico cognitivo Geoffrey Hinton, uno de los pioneros del aprendizaje profundo, “podría ser que estas cosas se vuelvan más inteligentes que nosotros”, una advertencia que no busca sembrar paranoia, sino recordar la dimensión real del cambio que atravesamos.

Y ante algo así, es natural que aparezca vértigo.

 

La IA no cambia el mundo en el laboratorio: lo cambia en la vida cotidiana

Pero por vertiginosa que sea la innovación, los réditos no dependen de lo que se logre en laboratorio ante ojos expertos. La historia muestra que las revoluciones tecnológicas no se consolidan cuando son posibles, sino cuando son adoptadas.

Una máxima popular lo explica con crudeza: nada cambia “hasta que la sangre llega al río.”

Y el río, en este caso, no es un paper, ni una demo, ni una keynote. El río es el tiempo del hombre común.

Ahí es donde se decide si la IA se vuelve herramienta o espejismo.

Entonces la pregunta no es solo qué puede hacer la IA, sino algo más elemental:

¿Con qué velocidad puede aprender sus usos cualquiera de nosotros?

 

Teorias pseudo-conspirativas

Quienes son adeptos a teorías conspirativas, abonan la idea de que pocos sujetos poderosísimos están dedicándose a disponerlo todo para sumir en ignorancia y estulticia al hombre común y, así, cobrar sus réditos sin límites.

Los que piensan de este modo, se preguntan: ¿con qué velocidad se está habilitando el uso real de la IA fuera de los círculos cerrados?; ¿con cuánta transparencia respecto a sus propósitos genuinos? Y, ¿con qué nivel de comprensión pública sobre sus límites?

 

Una brecha real

Verdades innegables: por un lado, la IA mejora de forma constante; por otro, la mayoría de las personas aún no sabe con precisión qué puede y qué no puede hacer.

Por añadidura, ese límite se va corriendo minuto a minuto.

La brecha genera una sensación colectiva que se sintetiza en que todo fue una ilusión breve, una burbuja efímera de optimismo, tan frágil como las que una niña sopla con un burbujero.

La sensación puede no ser real. Puede que finalmente no se trate de una burbuja. Tal vez este momento no sea otra cosa que una transición.

Entonces, las preguntas clave no son si la IA funciona, sino:

¿Quiénes podrán subir al Olimpo de esos manjares y acceder a todas sus potencialidades?¿Con qué objetivo se les  dará acceso? ¿Quiénes, en cambio, quedarán fuera de la peregrinación en ascenso?

Tal vez estemos viendo una burbuja tecnológica donde por ahora —y ojala brevemente—  haya en cambio una burbuja de inclusión. Es decir, que estemos creyendo que todos tenemos acceso a IA y eso no sea hoy estrictamente cierto. 

De nosotros, de cada uno, dependerá que la inclusión crezca. Acompañar este desafío activamente, con formación y flexibilidad, se torna casi una obligación moral para evitar los fantasmas que — con tino— han prefigurado los más cautos.

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