Cuando se valora más la opinión que la verdad.
La Postverdad y sus consecuencias en el mundo del trabajo
“Hay palabras que no solo describen una época: la definen. ‘Postverdad’ es una de ellas, no porque la verdad haya desaparecido, sino porque perdió su condición de eje: lo emocional y lo repetible influyen más que los hechos objetivos en la formación de opiniones.”
Pero, ¿qué es la postverdad exactamente?
Una concepción donde los hechos verificables pierden importancia, para dar preponderancia a creencias y emociones. Un contexto en el que las aseveraciones dejan de apoyarse en lo empírico para prevalecer por su carga afectiva y —atención a esto— : por su repetibilidad.
El dramaturgo Steve Tesich usó por primera vez en 1992 el término post-truth en un artículo en The Nation, lamentando que “nosotros, como pueblo libre, hayamos decidido libremente vivir en un mundo donde reina la posverdad.” Este concepto se popularizó aún más cuando Oxford Dictionaries lo eligió “Palabra del Año” en 2016, definiéndolo como una situación en la que los hechos objetivos son menos influyentes para moldear la opinión pública que los llamamientos a la emoción y la creencia personal.
Ese clima cultural permea no solo la política o las redes sociales, sino también determina el modo en que muchos jóvenes entienden el trabajo. Opinar con intensidad es, en sus perspectivas, de mayor valor y heroísmo que cualquier adhesión a la verdad desnuda. Polemizar se confunde con aportar valor.
Pero más allá de lo que es aspiracional —otra palabra de moda— en el mundo laboral, el valor surge cuando una idea se implementa, se mide, y produce resultados concretos. Es allí donde se abre la brecha entre el discurso y la responsabilidad.
Hablar de discurso y responsabilidad convoca directamente una profesión de verdadero peso social.
Periodismo y relativismo
¿Qué sucede con el periodismo y otros difusores de valores vigentes?
Incluso el periodismo, como consecuencia de esta visión de la realidad indulgente y desacralizadora de lo empírico, ha sufrido una transformación decisiva. Durante más de un siglo había ejercido como una especie de rector de orden: verificaba, jerarquizaba, contextualizaba. Funcionaba como una institución social que ayudaba a sostener algo indispensable: una base común de hechos sobre la cual discutir. Hoy, ese rol se encuentra en tensión permanente. La economía de la atención premia la velocidad, la indignación y el impacto inmediato. El algoritmo no está diseñado para acercarnos a la verdad, sino para retenernos. En ese escenario, el periodismo ya no compite solo contra otros medios: compite contra la fragmentación, contra la emocionalidad como criterio y contra la idea —cada vez más extendida— de que toda verdad es solo una versión.
En una ocasión, durante una clase que abordaba el estudio de la convivencia entre el realismo y el modernismo literario, un alumno alzó la voz y dijo algo que me obligó a reflexionar sobre lo que había percibido pero nunca puesto en palabras.
Dijo, con la mayor inocencia, que “el rol del periodismo es opinar”. A mí me quedó rebotando esa sentencia en la cabeza. Desde el mundo no sólo del principio del siglo XX sino también de fines, en el que me formé, el periodismo tenía un rol diferente: ¿informar? Pero el chico no mentía. Describía su tiempo. En él, que había nacido después del 2000, eso era lo que hacía el periodismo.
El reino de la Opinión
Esa no es la única, pero sí una manifestación del problema de las más difíciles de resolver. Sin hechos compartidos, no hay conversación pública posible. Y sin conversación pública, el trabajo también se degrada: porque los equipos dejan de discutir con el propósito de construir y empiezan a discutir para ganar la discusión. La meta contienda acaba comiéndose la realidad tangible.
Se vuelve más importante tener razón que tener resultados. Y, un paso más allá, se torna más importante sostener una narrativa, que corregir un error. Más relevante defender una postura que accionar con propósito.
El regreso de lo fáctico
El desafío, entonces, no es moralista. Es práctico. En un mundo saturado de opinión, la única forma de recuperar sentido es volver al método: evidencia, criterio, medición y, en consecuencia, aprendizaje. Recuperar la cultura del objetivo. Entender que el profesionalismo no se define por lo que uno cree, sino por lo que uno logra. Y que la realidad —por incómoda que sea— siempre termina pasando factura.
La postverdad es cómoda porque libera de la obligación de comprobar. Pero el trabajo exige lo contrario: exige demostrar.
Y quizás ahí esté la verdadera tarea cultural de este tiempo. Y haya que enseñar, otra vez, que la opinión es apenas un comienzo… y que los hechos siguen siendo el único lugar donde se construye el progreso.