Inventamos asistentes de IA para que nos asistan y hoy somos asistentes de la IA.

Hombre e IA: ¿asistentes o asistidos?

Comienzan a verse algunos casos en que la humanidad tiene la última palabra, mientras ceden los temores más oscuros.
lunes 23 de febrero de 2026

 

Debe haber algo en el sustrato primitivo de la humanidad, alguna raíz que explique esta obsesión por fabricar criaturas que nos imiten. La cultura, tanto oriental como occidental, ha soñado con máquinas que no solo trabajen por nosotros, sino que nos reemplacen. La inteligencia artificial parecía, por fin, la consumación de ese anhelo: una mente sin cuerpo, eficiente, inagotable, incorruptible. 

Sin embargo, la realidad tecnológica de 2026 ofrece una escena menos futurista y más reveladora. Mucha de las IA que hoy asombra al mundo necesita, para funcionar, la asistencia constante de personas reales. La máquina prodigiosa hecha para ayudar, para secundar y reemplazar, se ha tornado inesperadamente alguien que pide ayuda, desea ser reemplazado y secundado. 

No se trata de un detalle menor, sino de un rasgo estructural. El modelo técnico se llama human-in-the-loop: un humano en el circuito. La IA automatiza, clasifica, predice. Pero cuando el contexto se vuelve ambiguo, cuando el sentido depende de matices culturales o de la ironía de una frase, interviene alguien de carne y hueso. 

Plataformas como Meta utilizan sistemas automáticos para detectar contenido potencialmente problemático. Sin embargo, los casos más delicados son revisados por equipos humanos que deciden qué permanece y qué se retira. El algoritmo señala; la persona juzga. Y en esa distancia se juega la diferencia entre cálculo y criterio. 

Algo similar ocurre en el entrenamiento de los modelos más avanzados. Organizaciones como OpenAI desarrollan sistemas capaces de producir textos complejos, pero su refinamiento depende de evaluadores humanos que comparan respuestas, corrigen errores y orientan el aprendizaje. La inteligencia artificial, lejos de surgir espontáneamente, se pule con la paciencia de un taller artesanal. 

En el trasfondo de esta revolución tecnológica aparece también un fenómeno menos visible: el trabajo distribuido. Plataformas de microtareas como Amazon Mechanical Turk, impulsada por Amazon, convocan a miles de trabajadores para etiquetar imágenes, validar datos y evaluar resultados generados por máquinas. Son tareas discretas, fragmentarias, pero esenciales. La épica digital descansa sobre una multitud silenciosa. De gente. 

Incluso en el terreno físico, la promesa de autonomía absoluta encuentra límites. Los sistemas de planificación robótica pueden calcular trayectorias óptimas, pero el mundo real introduce variaciones imprevistas: un objeto fuera de lugar, una textura inesperada, una iluminación distinta. Entonces interviene la supervisión humana. La máquina diseña el mapa; alguien debe recorrer el territorio. 

Esta interdependencia invita a revisar el relato simplificado del reemplazo. No estamos ante la sustitución total del hombre por la máquina, sino ante una redistribución de funciones. La IA absorbe tareas repetitivas y de alto volumen; el ser humano conserva —al menos por ahora— el juicio contextual, la interpretación cultural, la responsabilidad última. 

Quizás el error haya sido pensar la inteligencia como mero procesamiento de información. La inteligencia humana incluye historia, memoria, sensibilidad. Percepciones silenciosas que nunca hemos puesto en palabras y, sin embargo, operan en la impresión que tenemos de alguien o de algo.  La inteligencia humana comprende la ambigüedad y soporta la contradicción.  Cualquier cultura antigua — con mayor fuerza las primitivas— podría mostrarnos cómo funciona la potencia más alta del conocimiento humano, que de ningún modo es la binaria, la racional, que define por sí o por no, por correcto o incorrecto. Mucho mayor alcance logra la simbólica. que se utiliza cuando el objeto por conocer se entrega con más dificultad, cuando es inefable, por ejemplo... 

 El lenguaje de las religiones apela a ese pensamiento en cuyo ámbito existe la  coincidentia oppositorum, es decir, la coincidencia de acepciones hasta polares en un mismo producto de la comunicación. Si la inteligencia artificial lograra esto, tal vez estaríamos acabados como especie. Pero la distancia que hay entre una capacidad automática, repetitiva, mimética y una percepción o gestación comunicativa como ésa, es un abismo.  Tal vez más grande que la distancia entre algunos animales miméticos como los simios y el hombre. 

Ningún modelo estadístico, por sofisticado que sea, experimenta la densidad simbólica de una palabra. 

La paradoja es evidente: cuanto más avanzadas parecen las máquinas, más visible se vuelve la infraestructura humana que las sostiene. No como una falla del sistema, sino como su condición de raíz. 

En lugar de imaginar un futuro de expulsión, tal vez convenga pensar en uno de colaboración. Una inteligencia ampliada, en la que el algoritmo acelera y el humano orienta. Una alianza menos espectacular que la fantasía distópica, pero más acorde con la complejidad de las necesidades antropológicas, de la naturaleza humana. 

El viejo sueño del autómata autónomo persiste en la imaginación colectiva. La práctica cotidiana, en cambio, revela algo más sobrio y más humano: incluso en la era de la inteligencia artificial, seguimos siendo parte indispensable del circuito.

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