En geopolítica, clima, trabajo, amor, comercio, lo múltiple domina la escena.

Policeno. La era de lo múltiple

¿Cómo llamar a la era que transitamos? Friedman, estrella del periodismo mundial, arroja una propuesta. Si el común denominador de todos sus procesos es la multiplicidad, ¿Por qué no bautizarla "Policeno", la era de lo múltiple?
lunes 19 de enero de 2026

 

Thomas L. Friedman, columnista estrella del New York Times, desarrolla una teoría que puede ser inquietante  y hasta objetable en algunos puntos, sobre el mundo que se viene. Pero, sin dudas, describe varios procesos manifiestos en distintos ámbitos de la realidad.  

Al común denominador de todos ellos el periodista ha nombrado como “Policeno”. No ha sido acuñado el término por él mismo sino por uno de sus pedagogos —que confiesa tenerlos en varias disciplinas. En este caso, se trata de Craig Mundie, ex director de Investigación y Estrategia de Microsoft. Este actual asesor de varias empresas globales dedicadas a la inteligencia artificial propuso el neologismo que toma el sufijo utilizado para hablar de eras “ceno” y le suma el prefijo griego “poli”, que significa múltiple. 

La era de lo “poli”: muchos. Muchas crisis, muchos actores, muchas tecnologías, muchas narrativas, muchas tensiones simultáneas. Y, sobre todo, muchos sistemas que antes eran relativamente simples y ahora se volvieron telas de araña: se tocan, se cruzan, se contagian. 

Friedman, especialmente orientado hacia el periodismo geopolítico, indaga otros tantos estratos de la realidad para adherir conscientemente a esa denominación. Es una forma de describir cómo se transformó la vida en casi todos los planos. Desde el clima hasta el amor, desde la economía hasta la manera de trabajar: todo grita multiplicidad. 

La idea central está montada en la evidencia de que antes podíamos pensar el mundo en modo binario. Hoy ese modo quedó chico. El mundo se volvió más parecido a un tablero con mil piezas moviéndose al mismo tiempo, donde cada moción altera el resto. 

Uno de los elementos más evidentes es la clasificación de género. Ya no se reduce el mundo a lo femenino y lo masculino. Toneladas de tinta se invirtieron en este asunto. Veamos en qué otros ámbitos sucede algo semejante: 

Ecología: la crisis simultánea 

Friedman habla de policrisis: el cambio climático como una chispa que enciende problemáticas encadenadas y crecientes en volumen —sequías, incendios, migraciones, tensiones políticas— en un sistema cada vez más interdependiente.  

Hoy aparece como una misma escena en simultáneo: el fuego, la inundación, la pérdida de cosechas, la subida de precios, el conflicto social. Todo junto, todo conectable, todo en tiempo real. 

Si se nos permite una objeción, lo que parece una policrisis novedosa es simplemente la comunicación global que hace posible que, primero veamos crisis climáticas en todos los puntos de la Tierra y, segundo, que podamos conectarlas unas con otras concibiendo el mundo como una unidad, como un planeta, en cambio de pensarlo fragmentado en sociedades, culturas, países, regiones, etc. Hace cien años nadie tenia noticias en absoluto sobre otras latitudes. Hoy ocurre un accidente del otro lado del mundo y al instante lo vemos registrado por las cámaras. 

Este hecho cultural supera, en nuestra perspectiva, el crecimiento de cualquier fenómeno físico. 

No es solo el planeta el que se recalienta: también nuestra capacidad de procesarlo. 

 

 Comercio: del intercambio simple a la economía de redes (y dependencias) 

Adam Smith imaginaba un mundo donde la dinámica del comercio internacional era relativamente simple: 

Antiguamente, alguien fabricaba queso, alguien producía  vino, intercambiaban productos y ganaban los dos. Luego, alguien fabricaba queso, un tercero tomaba el queso a cambio de una moneda, y el quesero intercambiaba esa moneda por el vino. 

Ese mundo expiró. 

Hoy, el comercio internacional existe una red global interdependiente, donde casi ningún producto es “de un país”. Un celular es de todos. Una vacuna es de muchos. Un auto eléctrico es una coreografía de componentes que cruzan fronteras varias veces, antes de volverse “algo”. 

Y esa interdependencia tiene una doble cara: Por un lado, acelera la innovación y la eficiencia. Por el otro, vuelve al sistema frágil: si se corta un nodo, tiembla todo el mapa. 

En el Policeno, la economía deja de ser “competencia” y se parece más a una mezcla rara entre colaboración y rivalidad. Es posible ser cliente y competidor al mismo tiempo. Puede que alguien esté asociado y demandado judicialmente por la misma persona/empresa/país, a la vez. Puedes depender de alguien que políticamente esté en las antípodas, pero técnicamente no pueda reemplazar. 

El comercio ya no es una relación bilateral. Es una convivencia incómoda en una red que nadie controla del todo. 

 

Trabajo y cooperación:   

La mecánica laboral también pasó del “jefe manda” a los equipos como ecosistemas. El trabajo también se volvió “poli”. 

En el pasado, en muchas organizaciones la lógica era clara: un líder decide, un equipo ejecuta, un proceso ordena. 

Hoy, incluso en empresas tradicionales, el mundo real impone otra dinámica: 

los proyectos no se resuelven desde un solo saber. Se resuelven desde la intersección de varios agentes con diversidad de aptitudes y saberes. 

Y esa intersección tiene nombre: colaboración. 

Pero no la colaboración naïf de “tener buena onda” de “todos nos llevamos bien”, sino la colaboración del Policeno: la que implica negociar intereses, lenguajes, ritmos, urgencias y miradas distintas. 

Los equipos se parecen cada vez más a organismos vivos, con sus tensiones internas. Por ello se habla de “ecosistemas”. Y en ellos se aspira a la capacidad de adaptación y la velocidad para adaptarse.  Pero también son esenciales los cambios de roles y los liderazgos situacionales. El aprendizaje es constante y una de las evidencias más claras de la capacidad de adaptación. 

Ya no se piensa en un perfil perfecto. Sino en un perfil adecuado para cada mínima misión. El liderazgo se ha tornado rotativo. 

Y la colaboración, por tanto, dicta que no gane más quien sepa más, sino quien pueda tejer un mismo telar inexplorado, con hilos propios y ajenos.  

 

Vínculos amorosos: de “para siempre” a las relaciones como arquitectura flexible 

El amor también se volvió poli, por mucho que nos cueste a los adictos a la comedia romántica. 

Durante mucho tiempo, el amor estuvo narrado como binario: estabas o no comprometido con alguien, era para siempre o no era,  

Hoy los vínculos se diversifican, se redefinen, se negocian. Aparecen nuevas formas de amar, convivir, elegir. Hay relaciones largas con acuerdos distintos. Hay quienes se reconocen pareja, pero no conviven.  Hay familias ensambladas; vínculos abiertos; amistades que funcionan como parejas emocionales; relaciones a distancia sostenidas por conectividad constante; maternidades satisfechas por mascotas, etc, etc. 

El amor adopta el lenguaje de una negociación minuto a minuto y atrás queda la percepción de un contrato. 

Si en otros momentos, las reglas venían dadas por la cultura, ahora muchas parejas las diseñan y acuerdan desde cero.  

En el Policeno, incluso amar implica gestionar complejidad. 

 

Identidad y sociedad: del “encajar” a la multiplicidad como norma 

Friedman sostiene asimismo que las sociedades eran más rígidas, más previsibles, más cerradas. Hoy las ciudades son mosaicos lingüísticos, religiosos, culturales. La insidencia de los migrantes es tan relevante que todas las identidades culturales y nacionales están en perpetua transformación.  

Eso puede ser extraordinario, enriquecedor, vibrante. Aunque también genera fricción, porque convivir con lo distinto exige algo que no siempre entrenamos: capacidad de síntesis social. 

El Policeno no solo multiplica la diversidad: multiplica la velocidad con la que la diversidad se expresa. Porque ahora todos tenemos un micrófono en el bolsillo que nos ha despojado de la voz en off, en todo sentido. 

 

La conclusión incómoda es que en el Policeno no hay soluciones puras 

Lo más interesante del texto de Friedman no es la palabra “Policeno”. Es lo que la palabra revela. En suma, que ya no hay respuestas binarias.  

Y aquí, otra vez, nuestra objeción: En rigor nunca las hubo, pero así lo veían las sociedades del pasado. Lo que no entraba en esos modelos binarios, quedaba confinado al silencio y la invisibilidad o, directamente, expulsado como “raro”. Ya no hay dos, ni tres posturas, sino tantas como sea posible. El Policeno es el fin de la tranquilizadora fantasía de lo simple. 

Y tal vez por eso incomoda tanto: porque nos obliga a abandonar la comodidad de las posiciones absolutas. A dejar de buscar salvadores. A dejar de creer que un solo actor puede ordenar el mundo. 

En esta era, las mejores respuestas no viven en los extremos. Viven en la síntesis. 

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